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	<title>novena-sinfonia-de-beethoven &amp;laquo; WordPress.com Tag Feed</title>
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	<description>Feed of posts on WordPress.com tagged "novena-sinfonia-de-beethoven"</description>
	<pubDate>Sun, 12 Oct 2008 18:38:47 +0000</pubDate>

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<title><![CDATA[¿Quién jubila al jubilador de Fernando Argenta?]]></title>
<link>http://elduendedelaradio.wordpress.com/?p=656</link>
<pubDate>Thu, 31 Jul 2008 23:29:49 +0000</pubDate>
<dc:creator>El Duende de la Radio</dc:creator>
<guid>http://elduendedelaradio.com/2008/08/01/%c2%bfquien-jubila-al-jubilador-de-fernando-argenta/</guid>
<description><![CDATA[
Dijo unas palabras, no muchas, y dejó hablar a la música.
Entre la gente de la radio hay gente de]]></description>
<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.elcorreodigital.com/vizcaya/prensa/noticias/200803/09/fotos/089D7ALA001_1.jpg"><img class="aligncenter" src="http://www.elcorreodigital.com/vizcaya/prensa/noticias/200803/09/fotos/089D7ALA001_1.jpg" alt="" width="313" height="434" /></a></p>
<p>Dijo unas palabras, no muchas, y dejó hablar a la música.</p>
<p>Entre la gente de la radio hay gente de discurso y gente de pinceladas sueltas. Academia versus lenguaje de la calle. <strong>Fernando Argenta</strong> estaba entre los segundos, y, salvando las distancias, el Duende estima que también lo estaba él. Pretéritos imperfectos. Ambos se desmadejaban a mitad de frase, metían la gamba, bromeaban, se reían, a veces provocaban al personal. Pero el repertorio que asomaba por la chistera al compás de su varita mágica -más propiamente batuta- de Argenta era de otro calado que el de mi alter ego. No es lo mismo el sonido de los políticos, o  de Braulio, o del padre Bonete o de la misma doña María, que la voz de <strong>Bach</strong>, <strong>Beethoven</strong> y <strong>Brahms</strong>.  En la nebulosa en la que uno vislumbra su fe, no puede imaginar el cielo sin la música. Si algún día asoma por ahí y luego resulta que Dios no tiene oído, el Duende pedirá billete para el infierno. Aunque le condenen a escuchar al <strong>Chikilicuatre</strong> y a <strong><em>los del Río</em></strong> por los siglos de los siglos.</p>
<p>Siguió el Duende la despedida de <strong>Clásicos Populares</strong> con silencio, emoción y empatía por los que no quisieron pronunciar la palabra adios. El  sublime <em>allegretto</em> de la <strong><em>Séptima</em></strong> de <strong>Beethoven</strong>, el <strong><em>adagio</em></strong> de <strong>Samuel Barber</strong>, el <strong><em>Ave Verum</em></strong> de <strong>Mozart</strong><em>, </em>el tercer tiempo de la <strong><em>Tercera Sinfonía</em> de Brahms -</strong><a href="http://elduendedelaradio.com/2008/04/27/cantando-a-brahms-en-el-metro/" target="_blank">hay un post del Duende dedicado a este tema</a>- un aria de la <strong><em>Pasión según san Mateo, </em></strong>el dúo más famoso de <strong><em>La Verbena de la Paloma, </em></strong>el tercer tiempo de la <strong>Novena -</strong>reenganchado después de que se interrumpiera misteriosamente en el fraseo más lírico de este tema...Sonaron interrumpidamente hasta el final. Sobran adjetivos. Si no lo escucharon la tarde del adiós, háganlo cuando puedan y entenderán por qué los creadores de estas joyas musicales consiguieron ser primero clásicos y, gracias a Fernando, también populares.</p>
<p>Debe confesar el Duende -<a href="http://elduendedelaradio.com/2008/07/10/el-dia-que-callaron-los-clasicos-populares/" target="_blank">y apela a los seguidores de Argenta para calmar su curiosidad</a>- que no identificó dos piezas de la ofrenda musical de despedida. Una, la primera aria de ópera que sonó en el programa. Dos, la que lo cerró: una composición contemporánea que combinaba una preciosa voz femenina con los coros de una misa en latín. Algo muy sentido debía de cantar la solista, que probablemente -pura intuición- lo hacía en hebreo.</p>
<p>Por lo demás, la hora se fue en suspiros y reflexiones. Una sobre la estolidez de quienes acuñan una asignatura que se llama <strong>Educación para la Ciudadanía<em> </em></strong>y no hacen nada por salvar en la radio y en la televisión públicas algo tan formativo para la sensibilidad y el entendimiento como lo que hacía Argenta. Y por cuatro perras. La otra recordaba el viejo adagio de que detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer. No le pega a Fernando eso de gran hombre. Tiene muchos defectos. Sin ir más lejos, es del Madrid, lo que al Duende le rompe todos los esquemas. Sin embargo no hubiera llegado tan lejos nuestro amigo sin tener a su lado a una mujer como Toñi. Lo importante no es que ella sea también una gran amante de la música y la mejor crítica de los programas de su marido. Sino que está tan enamorada de éste que ve en él la chispa de <strong>Mozart</strong>, el romanticismo de <strong>Beethoven, </strong>la hondura de <strong>Bach</strong> y la sensibilidad de <strong>Carlos Kleiber</strong> multiplicados por cuatro. Y todo ello envasado en un body que convierte a <strong>George Clooney</strong> en un pitufo. Va a tener razón <strong>Pascal</strong>: el corazón tiene razones que la razón desconoce. Lo que no desconoce la razón es que la de Fernando Argenta es una jubilación que debería acabar jubilando al jubilador.</p>
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<title><![CDATA[El placer de caminar]]></title>
<link>http://elduendedelaradio.wordpress.com/?p=429</link>
<pubDate>Mon, 03 Mar 2008 20:29:22 +0000</pubDate>
<dc:creator>El Duende de la Radio</dc:creator>
<guid>http://elduendedelaradio.com/2008/03/03/el-placer-de-caminar/</guid>
<description><![CDATA[ Siempre es difícil contestar a la pregunta esa tan tontorrona de qué es lo que más te gustaría]]></description>
<content:encoded><![CDATA[<p> Siempre es difícil contestar a la pregunta esa tan tontorrona de qué es lo que más te gustaría hacer en esta vida. Se supone que quien lo plantea quiere codificar en simples respuestas el secreto de la felicidad terrena. Teniendo en cuenta que las células del cuerpo humano se renuevan cada siete años habrán pasado por el cerebro del Duende no menos de ocho modelos de felicidad distintos. Así, sucesivamente, ser bombero, torero, <b>Robinson Crusoe</b>, delantero centro del <b>Atlético de Madrid</b>, casarse con <b>Audrey Hepburn</b>, dirigir a la <b>Filarmónica de Berlín</b> en la  <b>Novena de Beethoven</b> y meterse en el túnel del tiempo para recuperar el mucho perdido. Empeños todos inverosímiles. Sin embargo, uno de los más recurrentes en las últimas décadas lo encontró viajando en tren al levantar la vista del libro que se traía entre manos.</p>
<p>Como no podía ser de otra forma, en aquel momento desvió su atención de las letras  al paisaje. Apoyó la frente en la ventanilla -ya no es que sea peligroso asomarse al exterior, como advertía antes el letrero del tren, es que es imposible- y se entretuvo en imaginar, uno por uno, a dónde van a parar esos miles de caminos que se ven en cualquier recorrido. Como en el poema de <b>Machado</b>, blanquean, levemente serpean, se enturbian y desaparecen. ¿A dónde el camino irá?, se preguntaba don Antonio. Probablemente van a la felicidad. Nunca nos constará, porque no podremos recorrerlos todos. Y tal vez jamás  daremos con aquélla, pero no será porque no nos espere, sino porque seguramente nos detenemos antes de tiempo.</p>
<p>Desde entonces, como don <b>Alonso de Quijano</b>, comparte el Duende la tesis de que es preferible el camino a la posada. Y sin que azucen las coronarias, ni el colesterol ni la la amenaza de la tripilla cervecera, se enamora de cualquier camino. Sobre el terreno o sobre el papel. Tanto se pierde en el monte como en los libros de viajes o en los mapas y planos que almacena cual si, iluso de él, pudiera recorrerlos a peón. Este fin de semana anduvo el sábado por tierras de <b>Segovia</b>, machadeando un camino entre encinas y sabinares que une <b>Requijada</b> con <b>Arahuetes</b>, dos aldeas tan pequeñas que ni tienen bar.  A la espalda del caminante, la cordillera <b>Carpetovetónica</b> por su vertiente norte. A lo lejos, en un cerro, la muy noble villa de <b>Pedraza</b>. Por aquí se ha asentado una amiga de este blog. No quiere que se sepa, así que difundan la especie de que donde se ha hecho la casa <b>Begoña</b> es en <b>Torrevieja</b>, que es menos literario pero mucho más popular que estas aldeas de pan llevar.</p>
<p>A propósito. Ha llegado a la conclusión el Duende que hay entre los lectores del blog otros inquietos buscadores de felicidad. A pedal o pinrel. Le suena que <b>José Ramón</b>, <b>Julián 29</b>, <b>Wallace</b>, <b>Gervasio</b>, quizás <b>Zoupon</b>, no se si <b>Ángelus</b>, la infatigable <b>Lola</b>, puede que <b>Macu</b>, o muchos otros que olvido...son de los que no se están quietos, y comparten la pasión de caminar. Y pensó que, ahora que asoma la primavera, quizás sería divertido convocar una caminata sabatina por alguna cañada real o algún sendero de la zona centro. Quedar, presentarse con una credencial de imperdible, como en los congresos, con el nombre habitual del comentarista. Y sin más que un bocata, una cantimplora y buen ánimo, echarse a andar. Puede ser un plan.</p>
<p>Más que nada, por si es verdad que la felicidad nos espera a la vuelta de la primera curva. Se admiten sugerencias...</p>
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<title><![CDATA[Esa música que enreda y hace flipar...]]></title>
<link>http://elduendedelaradio.com/2008/01/10/esa-musica-que-enreda-y-hace-flipar/</link>
<pubDate>Thu, 10 Jan 2008 18:18:00 +0000</pubDate>
<dc:creator>El Duende de la Radio</dc:creator>
<guid>http://elduendedelaradio.com/2008/01/10/esa-musica-que-enreda-y-hace-flipar/</guid>
<description><![CDATA[
(Foto de LuizNavarro)
Quisiera el Duende no admirar tanto la música de otro tiempo. Pero un día c]]></description>
<content:encoded><![CDATA[<p ALIGN="center"><a TITLE="Menina escuchando música" HREF="http://elduendedelaradio.wordpress.com/files/2008/01/musica-maestro.jpg"><img HEIGHT="295" ALT="Menina escuchando música" SRC="http://elduendedelaradio.wordpress.com/files/2008/01/musica-maestro.jpg" WIDTH="442" /></a></p>
<p ALIGN="center">(Foto de <a HREF="http://flickr.com/photos/luiznavarro/" TARGET="_blank">LuizNavarro</a>)</p>
<p>Quisiera el Duende no admirar tanto la música de otro tiempo. Pero un día cayó fascinado por la hondura y la fragancia de la llamada clásica y apenas atendió a la que nacía y sonaba mientras él se destetaba y crecía. Algunos nombres, ciertos discos: los más tópicos y típicos. Más cantantes solitarios que bandas. Algunas canciones inolvidables sueltas.  Momentos mágicos, unidos a una cara de chica guapa, a un deseo, un momento o un lugar. Eran pop o moderna cuando aprendió a silbarlos. El Duende es de los que silba en el cuarto de baño, bajando a escalera y aún esperando el autobús. Fueron en su día éxitos rompedores, eso que llaman <i>hits.</i> Y ahora ya, sin darse uno cuenta, son también piezas casi clásicas. No guarda entre sus tesoros mucho más de todo lo que empezó a sonar después de 1950. Uno, Duende, es así de antiguo. Qué se le va a hacer. Y aprecia  la música pop. Lo justito.</p>
<p>Nada comparable a algunas piezas magistrales de música sinfónica que, sin ser las melodías más conocidas, ni estar entre los clásicos más populares de nuestro amigo <b>Fernando Argenta</b> son muestras ejemplares de esa misteriosa capacidad de atrapar, enredar y transportar al alma del que las escucha. Atmósferas sinuosas, ondas de sonido que surgen discretamente, fascinan, embriagan y de repente se apoderan del espíritu que a uno le quedaba dentro. Y hacen flipar.</p>
<p>Si de verdad aman la música clásica escuchen con atención, y a ser posible en la intimidad, estas `piezas. Por ejemplo, el <b>Introito del <i>Réquiem</i> de</b> <b>Mozart</b>. Les costará aprender el tema que va desarrollando la orquesta. Primero la cuerda, luego el viento. Poco a poco sube la tensión melódica, hasta que llega al climax e irrumpe el coro. No acaba de desentrañar uno qué magia desarrolló <b>Amadeus</b> para llegar hasta ahí, pero cuando estallan las voces humanas aquello  suena como algo  sobrecogedor, en el mejor sentido de la expresión.</p>
<p>Segundo ejemplo. Busquen en <b>Tristán e Isolda</b> el desarrollo orquestal que anuncia la muerte de Tristán. Los libretos de <b>Wagner</b> eran plomo fundido, pero el maestro escribió páginas instrumentales soberbias que siguen este mismo proceso: de menos a más, empiezan mordiendo en la vena más lírica en intimista de nuestra sensibilidad y conducen a una apoteosis orquestal gloriosa. De verdad, me toca ser Tristán y al escuchar aquéllo también me muero yo.</p>
<p>Tercer ejemplo. ¿Se acuerdan de aquél decadente profesor <b>Von Aschembach</b> que  se iba a morir a Venecia? ¿No retuvieron en su memoria el adagio de esa <b>Quinta  Sinfonía</b> <b>de</b> <b>Mahler</b>? Si pueden, hagan silencio a su alrededor escúchenlo con los ojos cerrados y caigan, pianísimo, en el hechizo de esas músicas raras y difíciles de tararear, que sin embargo acaban rindiéndole a uno.</p>
<p>Podría decir el Duende algo semejante del inenarrable tercer tiempo de la <b>Novena Sinfonía de Beethoven. </b>Dicen que en el <b>Olimpo</b> les dio tal subidón cuando lo escucharon por primera vez <b>Zeus</b>  se suministró las cafinitrinas por docenas. Ahí, después de una larga introducción, incrustado como un diamante de mil kilates, aparece uno de los temas musicales más sencillos y al mismo tiempo más sublimes que se han escrito nunca. Si el Duende volviera declarar su amor a alguna mujer, le haría escuchar esos treinta segundos para que su tocayo hablase por él. Sobran las palabras.</p>
<p>El último ejemplo lo descubrió el Duende escondido en la banda musical de la película <b><i>Deseo peligro</i> </b>de <b>Ang Lee. </b>Se trata de <b><i>Nimrod, </i></b>la novena de las <b><i>Variaciones Enigma </i></b>de <b>Edward Elgar, </b>a quien sólo solemos recordar por su marcha <b><i>Pompa y Circunstancia. </i></b>Muy recomendable para quien admire la sutileza, la elegancia y el efecto emocional de estas músicas cultas que le dejan a uno el espíritu como recién salido de la sauna. Búsquenla, escúchenla repetidas veces. Sólo dura cuatro minutos. Pero si se sienten levitar, no se repriman.</p>
<p>Dicho lo cual, el <b>Duende</b> se despide recordando que también le gustan <b>Jacques Brell,</b> <b>Krahe, Aute, Los Luthier, Juanito Valderrama, </b>y, cómo no, esa joya que es <b><i>Paquito el chocolatero. </i></b>Hay tanto de bueno en la música que a veces hasta nos hace olvidar que es producto del hombre, ¿no creen?<b><i></i></b></p>
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