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	<title>aquel-lugar &amp;laquo; WordPress.com Tag Feed</title>
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	<description>Feed of posts on WordPress.com tagged "aquel-lugar"</description>
	<pubDate>Sat, 06 Sep 2008 05:33:29 +0000</pubDate>

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	<language>en</language>

<item>
<title><![CDATA[Relatividad]]></title>
<link>http://laescupidera.wordpress.com/?p=31</link>
<pubDate>Wed, 07 May 2008 11:09:10 +0000</pubDate>
<dc:creator>carlosov</dc:creator>
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<description><![CDATA[          La tapicería es amarga. Tiene un olor acre y un gusto indefinidamente amargo, co]]></description>
<content:encoded><![CDATA[<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;text-align:justify;margin:0;"><span style="font-size:small;"><span style="font-family:Times New Roman;"><span>          </span>La tapicería es amarga. Tiene un olor acre y un gusto indefinidamente amargo, como a óxido. Me vuelvo de cara hacia el respaldo, las piernas encogidas. Añoro la época en la que cabía totalmente estirado. Si no voy tumbado, me mareo. Sólo que ahora mis piernas han crecido. Hundo la cabeza en el respaldo para olvidar las mil doscientas curvas de esta carretera. Con la punta de la lengua, saboreo el tapizado. Al principio noto un gusto a sal. Luego es tan amargo como el resto. Me echo panza arriba. Por el cristal entra un rayo de sol. Me calienta la cara. Me deslumbra. El motor tose cuando mi padre cambia de marcha. Ascendemos. <!--more-->La luz parpadea en mi piel, interrumpida a intervalos por un árbol, o una montaña. No lo sé. No me apetece incorporarme. Cierro los ojos. Estiro el brazo hacia atrás, tanteo la puerta. Abro la ventanilla, un resquicio apenas. Me concentro en los olores que llegan desde fuera. Huele a frío. A piedra húmeda. A liquen y pinocha mojada. Zum. Zum. Zum. Los árboles cortan el aire. El coche y yo somos una misma cosa. Llevamos una eternidad presos el uno del otro. Tanto que sé lo que va a pasar ahora. Me revuelvo en el asiento, abro los ojos. Escucho la voz de mi padre.</span></span></p>
<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;text-align:justify;margin:0;"><span style="font-size:small;font-family:Times New Roman;">—La velocidad de la luz es grande, sí —dice—. Pero para ser la velocidad máxima que puede existir en el universo, resulta bastante módica…</span></p>
<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;text-align:justify;margin:0;"><span style="font-size:small;font-family:Times New Roman;">Mi madre asiente con un movimiento de cabeza. No necesito verlo. Lo intuyo. Zum. Zum. Zum. La luz tarda 8 minutos en llegar del Sol a la Tierra, sortear un árbol, o una montaña, entrar por la ventanilla trasera del Mazda y arañarme los ojos. Claro que ese detalle no le interesa a ningún cosmólogo. Entonces se me ocurre que el coche también se está moviendo. </span></p>
<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;text-align:justify;margin:0;"><span style="font-size:small;font-family:Times New Roman;">—¿Y qué pasa si vamos en coche? —Pregunto. Lo sabía. Sabía que las palabras escaparían de mi boca de este modo, en este mismo orden. También sé su respuesta, aunque no la recordaré hasta que él diga: </span></p>
<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;text-align:justify;margin:0;"><span style="font-size:small;font-family:Times New Roman;">—Bueno, en ese caso hay que tener muy claro el concepto de masa —eso era—. Dime: ¿es lo mismo la masa que el peso?</span></p>
<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;text-align:justify;margin:0;"><span style="font-size:small;font-family:Times New Roman;">Estiro un brazo, la mano, los dedos. Rozo el techo con las yemas, casi sin tocarlo. </span></p>
<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;text-align:justify;margin:0;"><span style="font-size:small;font-family:Times New Roman;">—¿Es lo mismo? —insiste él.</span></p>
<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;text-align:justify;margin:0;"><span style="font-size:small;font-family:Times New Roman;">—Sí —pronostico.</span></p>
<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;text-align:justify;margin:0;"><span style="font-size:small;"><span style="font-family:Times New Roman;">—No —asevera ella. Sé que lleva razón.<span>  </span></span></span></p>
<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;text-align:justify;margin:0;"><span style="font-size:small;font-family:Times New Roman;">—Exacto. El peso es la fuerza con que un planeta u otro objeto estelar grande atrae a cuerpos mucho más pequeños que están en su superficie. La masa, en cambio, no es ninguna fuerza de atracción, ni nada que se le parezca…</span></p>
<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;text-align:justify;margin:0;"><span style="font-size:small;font-family:Times New Roman;">El techo es rugoso como la piel de un saurio sintético. Apoyo un dedo y lo deslizo, describiendo un arco. Recorro una línea imaginaria que se interrumpe abruptamente cerca de la cabeza de ella. Zum. Zum. Zum. Reflejos cobrizos en su pelo que se apagan de golpe. Luz exigua. Por la ventana entra un olor nuevo.</span></p>
<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;text-align:justify;margin:0;"><span style="font-size:small;font-family:Times New Roman;">—Pon las luces —dice ella.</span></p>
<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;text-align:justify;margin:0;"><span style="font-size:small;font-family:Times New Roman;">Aspiro el aire. Picante y gris. Opaco. Pienso que digo: <em>niebla</em>. Pero no lo digo. Pienso que ya lo sabía.</span></p>
<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;text-align:justify;margin:0;"><span style="font-size:small;font-family:Times New Roman;">—… imagina este coche en el espacio exterior, donde no hay resistencia al aire —Zum.Zum.Zum—, atracción gravitatoria ni rozamiento con la Tierra. Se desplaza a velocidad constante. En principio, no gasta energía ni necesita ninguna fuerza que lo impulse…</span></p>
<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;text-align:justify;margin:0;"><span style="font-size:small;font-family:Times New Roman;">Estiro un dedo. Empujo con fuerza. Mi dedo se pone rojo, pero el techo no cede. Imagino que nos deslizamos por el espacio exterior. ¿Resistirá tan bien el techo el impacto de un meteorito como se resiste a mi dedo? </span></p>
<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;text-align:justify;margin:0;"><span style="font-size:small;font-family:Times New Roman;">—… pero si lleva aceleración es porque una fuerza lo empuja y estamos gastando energía para acelerarlo. Cuanta más masa tenga el coche, más energía y más fuerza necesito…</span></p>
<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;text-align:justify;margin:0;"><span style="font-size:small;font-family:Times New Roman;">Cruzo los brazos sobre el pecho. Miro mis rodillas. Detrás, al otro lado de la ventanilla, veo deshilacharse la niebla y condensarse otra vez en el cristal, con la cadencia de una medusa abriéndose paso en el abismo. Las ruedas gimen en una curva.</span></p>
<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;text-align:justify;margin:0;"><span style="font-size:small;font-family:Times New Roman;">—Cuidado —dice mi madre—. Patina…</span></p>
<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;text-align:justify;margin:0;"><span style="font-size:small;font-family:Times New Roman;">—… si nos preguntan diremos que la masa del coche, yendo por el espacio a una velocidad constante de 90 km/h, por ejemplo, es siempre la misma. Error. Ni la masa, ni el tiempo, ni las dimensiones de los cuerpos…</span></p>
<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;text-align:justify;margin:0;"><span style="font-size:small;font-family:Times New Roman;">Me incorporo para escudriñar el paisaje. Cierro el breve resquicio de ventana abierta. Ya no hay árboles. Ni montañas. Ni aire. Casi no puedo ver las líneas blancas de la carretera. Si abriese la ventanilla, la niebla nos engulliría a los tres. </span></p>
<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;text-align:justify;margin:0;"><span style="font-size:small;font-family:Times New Roman;">—… son constantes…</span></p>
<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;text-align:justify;margin:0;"><span style="font-size:small;font-family:Times New Roman;">—¡Cuidado! –grita ella. </span></p>
<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;text-align:justify;margin:0;"><span style="font-size:small;font-family:Times New Roman;">El coche derrapa en la última curva. Mi madre se quita el cinturón. Abre la puerta. Salta. Todo en un solo gesto. Me parece verla rodar entre la niebla. Me parece verla ponerse en pie y agitar los brazos tras la luna. Pero no estoy seguro. Ni sé qué significado tiene. Me digo que la próxima vez estaré más atento, por si puedo averiguarlo.</span></p>
<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;text-align:justify;margin:0;"> </p>
<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;text-align:justify;margin:0;"><span style="font-size:small;font-family:Times New Roman;">Me digo también que por más que se repita, nunca terminaré de acostumbrarme a caer por este precipicio. </span></p>
<p class="MsoNormal" style="line-height:150%;text-align:justify;margin:0;"> </p>
]]></content:encoded>
</item>
<item>
<title><![CDATA[Venus atrapamoscas]]></title>
<link>http://laescupidera.wordpress.com/2008/04/16/venus-atrapamoscas/</link>
<pubDate>Wed, 16 Apr 2008 06:48:00 +0000</pubDate>
<dc:creator>lmcm</dc:creator>
<guid>http://laescupidera.wordpress.com/2008/04/16/venus-atrapamoscas/</guid>
<description><![CDATA[Era la que buscaba, justo como me la había imaginado. No tenía la menor duda de estar frente a la ]]></description>
<content:encoded><![CDATA[<p>Era la que buscaba, justo como me la había imaginado. No tenía la menor duda de estar frente a la definitiva, de haber encontrado mi sitio.<br />
–-Ocho casas ya es bastante, te dejas un poquito en cada una y si sigo así acabaré desintegrándome. Pero estoy seguro de que a la novena va la vencida  –-le dije a Olalla mientras empacábamos mis bártulos.<br />
Desde hacía dos meses disponía en usufructo de un cuarto en la casa de un amigo; el plazo de disfrute de estos bienes ajenos estaba a punto de vencer, como el verano, y los inquilinos por derecho a punto de volver al piso compartido.<!--more--><br />
–-Bueno, vamos a ver qué te depara el destino, majete –-dijo Olalla con un poco de retintín. Sacó del bolso la baraja del tarot que le había regalado cuando nos conocimos y extrajo del mazo la carta correspondiente al nueve.<br />
–-Mira tío, el Ermitaño: maestro, guía silencioso que conduce a otros con su lámpara. Humilde y consciente de su función de servicio y entrega. La experiencia producto de los años. El guía ejemplar. ¡Nada menos!<br />
–-No está mal, clavaíto, clavaíto…<br />
–-Espera, espera, que aún hay más. En cuanto al número, el Nueve significa consumación, cumplimiento, la meta, el final de un ciclo de actividad. ¿Cómo lo ves, colega? –-y me tendió la carta.<br />
–-¡Anda la hostia, ya es casualidad! –-exclamé al releer lo escrito en ella.<br />
–-¡Para que digas que esto de las brujas y de adivinar el futuro son patrañas!¡Te lo ha clavao, tío, te lo ha clavao!<br />
–-Bueno, vale, reconozco el golpe de efecto, pero eso no quiere decir que me convierta en miembro de la secta –-repliqué con mi escepticismo un poco tocado.<br />
–-¡Está claro, mañana vuelves a nacer, se acabaron los malos rollos, estás de suerte, tío! –-dijo ella.<br />
Se rescolgó sobre mis hombros y me envolvió en un fuerte abrazo. Posó sus labios ventosa sobre mi cara. Después de un sonoro beso me soltó, saltó por cima de las cajas desperdigadas por la habitación, agarró el palo de la fregona  y se puso a cantar a cantar a Serrat en plan heavy .<br />
–-Coge tu mula, tu hembra y tu arreo, sigue el camino del pueblo hebreo y busca otra luna –-gritó con voz aguardentosa y tono provocador–- tal vez mañana sonría la fortuna –-dio media vuelta, hincó sus rodillas en el suelo y retomó con más desgarro–- y si te toca llorar, es mejor frente al mar… –-terminó cayendo hacia atrás con un solo enérgico de palo de fregona.</p>
<p>Reí con ganas hasta el punto de humedecer el ojo. Rodé por el suelo con Olalla. Estaba convencido de que una puerta nueva se abría ante los dos. ¡Estaba tan seguro de ello! Así fue, en efecto, pero nada ocurrió según lo deseado. La puerta se abrió, sí, pero de la forma más insólita e inesperada.</p>
<p>Al día siguiente, el primer día de mi consumación, de mi nuevo ciclo, de mi encarnación como ermitaño, a media mañana salí hacia mi nuevo refugio. Con una bolsa colgada al hombro, una maleta a remolque y una jaula en la mano. Perico aleteaba inquieto, de la barra al columpio, del columpio al suelo, y vuelta de nuevo a empezar. Cuando llegué, las dueñas estaban ya esperando ante la casa, las dos con falda negra plisada, chaqueta beige de paño, sendos botones de oro junto al corazón y amplia sonrisa. Ambas se fundían en una única silueta encorvada, dos troncos vencidos por el peso de cuellos incapaces de sostener las cabezas, gachas y con la nariz afilada apuntando al suelo. Deformados por la artrosis, veinte dedos descarnados me saludaban, y en la base de las dos figuras, dos pares de flacas piernas en constante desafío frente a la amenaza de desequilibrio que pendía sobre los cuerpos que sustentaban.</p>
<p>Al acercarme a la casa se hicieron cada una a un lado, giraron la cabeza hacia arriba, me miraron y señalaron la entrada con la mano.<br />
–-Buenos días y bienvenido a tu nuevo hogar –-dijo una.<br />
–-Será un placer tenerte como inquilino –-remató la otra.<br />
–-Gracias, gracias, muchas gracias –-dije yo, abrumado por tal recibimiento.</p>
<p>El sol proyectaba la sombra de las hermanas sobre la puerta entornada. Avancé entre ellas, traspasé el umbral y di un paso al frente. Mi pie derecho pisó la cola desplegada del pavo real de piezas de cerámica dibujado en el suelo del recibidor.<br />
A cada lado del vestíbulo, dos habitaciones, hacia delante un corto corredor y un salón al final. La luz entraba generosamente desde el patio trasero por una cristalera, prácticamente la totalidad de uno de los paños.</p>
<p>Las hermanas iban por delante, dándome todo tipo de explicaciones, se esmeraban conmigo. Les había caído bien, ellas también a mí, tan frágiles y tan sonrientes.<br />
–-Hace tiempo que la casa está cerrada pero no abandonada, aunque huela un poco… –-apuntó una.<br />
–-Rezuma un poco de humedad por los bajos del rodapiés, pero por eso no te preocupes, y tú lo que necesites…ya sabes, para eso estamos –-apostilló la otra.</p>
<p>Yo las seguía, ya sin la bolsa ni la maleta, pero aún con la jaula en la mano. Juntos salimos al patio. Aunque en la calle el calor ya se hacía notar, sentí una agradable sensación de frescor. Era un espacio pequeño pero acogedor, de forma irregular, iluminado por paredes de cal. Apoyado en una, el tronco sinuoso y arrugado de una vieja parra subía hasta la terraza del edificio de atrás.<br />
Al patio daban la cocina, el baño, el salón y otra estancia más reducida que comunicaba con éste. Al abrir la puerta de la habitación nos envolvió un aroma intenso y dulzón. El destello de luz sobre un espejo me deslumbró. El canario empezó a revolotear, mordía con el pico los barrotes como queriendo escapar.<br />
Bajo el espejo, dos monstruos alados de rostro enjuto y nariz aguileña flanqueaban una chimenea francesa. Sobre sus lomos encorvados se apoyaba la repisa. En ella, una Venus atrapamoscas.<br />
El aleteo del pájaro se hizo más frenético. Salí con la jaula al patio y el animal se calmó de repente. Lo dejé bajo la parra y volví a la habitación.<br />
Las ancianas cuchicheaban entre ellas y callaron al verme entrar, cruzaron miradas inquietas y se apartaron de la chimenea. Las hermanas se excusaron, quedé allí solo.</p>
<p>Me agaché a recoger del suelo las plumas que el canario había perdido en la refriega contra los barrotes. Al incorporarme sentí una punzada en el costado. A pesar del calor de la mañana un soplo de viento helado me puso la carne de gallina. Noté un sudor frío, saqué un pañuelo y me limpié la frente. En el espejo vi mi rostro pálido, descompuesto. Me senté a los pies de la cama, la cabeza entre las manos, con los ojos cerrados. La sien me latía fuerte, las venas gruesas; apreté con fuerza las yemas de los dedos sobre ellas. Abrí los ojos y estaba oscuro, el ambiente cargado, empalagoso, sentí nauseas, me tumbé hacia atrás pero la habitación daba vueltas, como en un barco.<br />
El martilleo era cada vez más fuerte, las punzadas más agudas, la presión dentro de mi cabeza se hizo mayor. Encogí las piernas, giré a un lado, a otro, las manos sobre la frente, los dedos marcando fuerte la cuenca de los ojos, sin conseguir espantar el dolor.</p>
<p>Me levanté aturdido, acerqué de nuevo la cara al espejo y las vi. La imagen era turbia pero estaba seguro, sonreían  igual, me miraban fijamente. Salté hacia atrás espantado, quise borrar su imagen frotándome los ojos pero no desaparecieron, estaban allí, me perforaban sus miradas. No podía ser, ellas se habían marchado hacía un rato, no estaban ya en la habitación, pero sí al otro lado del espejo. Mi reflejo en el cristal se fundía con las figuras de las dos mujeres, tiraban de mí, me sentí enajenado, falto de voluntad, rasgado en mi interior.</p>
<p>Las piernas me flaquearon y busqué apoyo en las cabezas de las arpías. Las piedras quemaban como brasas. Cuando retiré las manos de las estatuas las cabezas de las aves dejaron surcos profundos en las palmas. Alarmado levanté la vista, ¡no podía ser! Los muros de la habitación se movían, avanzaban hacia mí, me cercaban. Las paredes crecían de un lado, encogían por el contrario, se curvaban. Suelo y techo iban también acortando distancias al ritmo del  entrechocar de las piezas de vidrio de la lámpara, ya casi a la altura de mi cabeza. Quise moverme y no pude, me sentía rígido, incapaz de reaccionar. Sentí un golpe en las corvas, las rodillas doblaron y caí de espaldas sobre la cama. Los muros se cerraban en torno a ella. El techo se volvió translúcido, dejando caer una lengua húmeda que rezumaba un néctar pegajoso.</p>
<p>Guiado por la luz del patio intenté huir por la cristalera, pero un golpe seco me tiró al suelo. Los tabiques segregaban una sustancia viscosa, seguían avanzando hacia mí. Del zócalo al techo pelos puntiagudos oscilaban amenazantes. Me subí de nuevo en la cama. Por cima de mi cruzaron el vuelo dos pajarracos. Eran ellas, las dos viejas, surgidas del espejo. Tenían sus mismas caras, botones dorados en sus pechos, en sus mandíbulas abiertas los mismos pelos que las paredes. Graznaban y se lanzaban en picado sobre mí. Me retorcía tendido en la cama como un insecto, sorteando los envites de las carroñeras. Arrojé mis zapatos contra ellas, sin mucho tino, y quedaron atrapados en las paredes pegajosas.</p>
<p>No había salida, hice todo lo posible por escapar de aquella jaula. Me lanzaba contra las paredes valiéndome del colchón, una y otra vez, en vano. Los muros se habían vuelto como de látex, elásticos, cimbreantes. Mi cuerpo pegado al colchón rebotaba en las paredes, caía al suelo, me volvía a lanzar y era escupido de nuevo por tierra. La pugna parecía estimular la secreción pringosa, cada vez en mayor cantidad las paredes filtraban de aquel zulo en el que se había convertido la habitación.</p>
<p>Cada vez más débil ante el intento por liberarme de aquel monstruo pegajoso. Cada embestida aminoraba mi empuje y consumía mis esperanzas de escapar de aquella trampa. Atrapado, exhausto, envuelto en aquel extraño pegamento, la casa fue minando mis fuerzas, le cedí mi voluntad y poco a poco se apoderó definitivamente de mí.<br />
Me adormecí, entré en letargo, inmóvil, rodeado por completo del néctar untuoso, como un feto  encerrado y oculto en una cápsula protectora.<br />
A los nueve días llegó la eclosión, volví a nacer como Olalla había pronosticado.   Cuando desperté ellas estaban ya esperando ante el espejo, las dos con falda negra plisada, chaqueta beige de paño, sendos botones de oro junto al corazón y amplia sonrisa. Ambas se fundían en una única silueta encorvada, dos troncos vencidos por el peso de cuellos incapaces de sostener las cabezas, gachas y con la nariz afilada apuntando al suelo. Deformados por la artrosis, veinte dedos descarnados me saludaban, y en la base de las dos figuras, dos pares de flacas piernas en constante desafío frente a la amenaza de desequilibrio que pendía sobre los cuerpos que sustentaban.<br />
Al acercarme se hicieron cada una a un lado, giraron la cabeza hacia arriba, me miraron y señalaron la entrada con la mano, traspasé el cristal, se consumó el cambio y me volví parte de la casa, como las arpías de la chimenea francesa, como las dos hermanas de eterna sonrisa y silueta encorvada, la figura de un ermitaño esculpida en la pared.</p>
<p>Luis Cema<br />
© LMCM Marzo/Abril 2008</p>
]]></content:encoded>
</item>
<item>
<title><![CDATA[paréntesis]]></title>
<link>http://laescupidera.wordpress.com/2008/04/11/parentesis/</link>
<pubDate>Fri, 11 Apr 2008 18:04:00 +0000</pubDate>
<dc:creator>manuel_h</dc:creator>
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<description><![CDATA[
Al final de la calle Río Malo hay un viejísimo edificio de cuatro plantas abandonado que van a ti]]></description>
<content:encoded><![CDATA[<div style="text-align:justify;">
<blockquote><p>Al final de la calle Río Malo hay un viejísimo edificio de cuatro plantas abandonado que van a tirar. Hace unos días, se le ocurrió a Inés que debíamos entrar a ver qué quedaba. Su idea era que nos repartiéramos las viviendas, y que cada uno escribiera una historia a partir de lo que fuéramos encontrando. Hasta ahí, era una chiquillada disfrazada de concurso literario. A Emilio le encantó, claro, y quiso convencernos para que lo hiciéramos de noche, pero hasta las tonterías tienen un límite. Sin desanimarse por el revés, preguntó también por el premio; Inés se quedó pensando unos segundos y luego dijo: El premio soy yo. Fernando dio un bote en la silla y ya no hubo forma de volvernos atrás.<!--more--><br />
El domingo por la mañana, muy temprano, en busca de la imprescindible clandestinidad, o a lo mejor sólo por evitarnos la vergüenza de que alguien ajeno al juego se enterara, entramos sin problemas en la casa. Sin problemas porque íbamos con Inés, y esa chica a veces da miedo: Por ejemplo, cuando abre puertas con una soltura pasmosa.<br />
Total, que a las ocho a.m. estaba yo sentado en el desvencijado sofá de skay de algo que un día fue un salón, pensando seriamente en la posibilidad de no moverme de allí en toda la hora que nos habíamos dado de plazo para la investigación. Pero el papel pintado que tenía frente a mí, sin duda a punto de agredirme, y una fugaz imagen de la fauna, pequeñita, sí, pero fauna al fin, que debía habitar en los intersticios del sofá, me hicieron levantarme como si huyera, para colarme en el dormitorio de enfrente y toparme de bruces con la vida que no quería describir.<br />
La pared era fría y desangelada hasta el punto de hacerme añorar la violencia del papel del salón; tenía el tacto viscoso del yeso húmedo de los bares de vino triste, televisión gris y serrín en el suelo; y la recorrían cicatrices envejecidas entre imágenes de una boda que ya nadie recordará, un niño serio hecho marinero y el corazón rayado de un tipo con cara de juez. Cuando quise apartarla ya respiraba el moho amargo del final de solitarias tardes de domingo, el silencio de una espera cruel, la amenaza del fin y su inconfesable deseo.<br />
En el centro del cuarto me encontré, en un revoltijo de ropa sucia sobre una maltrecha cama a medio hacer, todo lo que quedaba: el último reducto de los sueños, el desamparo de los recuerdos desdibujados, el brillo de las lágrimas, la puerta a las pesadillas, la mancha de las enfermedades, el hueco solitario del abandono, las vueltas del aburrimiento feroz, la desganada dejadez, la penuria sentimental, la tristeza devastadora, la desolación del final, el olor de la muerte,.<br />
Ante la amenaza de entablar conversación con un fantasma, me escapé corriendo de allí, esta vez a la calle, a cualquier sitio donde pudiera sentir el sol en la piel o tocar el olor del aire nuevo.<br />
A la postre no participé en un concurso que quedó desierto, porque aunque relatos orales los hubo durante casi toda la mañana, lo que no tuvimos fue jurado y premio: Inés volvió a desaparecer entre aquellas puertas y paredes que no parecían traerle buenos recuerdos. La vimos a mediodía en el bar, y nos callamos cuando Andrés nos preguntó con bastante mala hostia que de quién había sido la idea de hacer de ocupas a nuestra edad.</p></blockquote>
</div>
]]></content:encoded>
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